Hubo un tiempo en que el médico era un referente social de primera línea. Un hijo elegido por la sociedad para recibir los conocimientos disponibles para curar, sanar, calmar…
La vocación de servicio, el afán de brindarse entero a los demás, el sacrificio personal en pos del interés general, esa especial actitud de vivir la vida en solidaridad con los semejantes, definía valores propios del médico.
El ejercicio de la medicina estaba más allá del modo de producción dominante o del modelo de relaciones de convivencia elegido por la comunidad. Aliviar los efectos de la enfermedad, ayudar a adoptar los procedimientos idóneos de curación, investigar la etiología de los males que aquejaban a sus congéneres, estaba fuera de todo condicionamiento por razones de índole económica.
De pronto el entramado de sostén de la sociedad comenzó a desgarrarse. Se alteraron los valores básicos. Lo individual pasó a prevalecer sobre lo social, lo privado sobre lo colectivo, lo personal sobre lo comunitario. La solidaridad en tanto pilar de convivencia, fue arrasada por el autoritarismo que la proscribió y la desterró del ideario colectivo.
Y nacieron las empresas médicas…